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No hay una conspiración para alentar la fuga de argentinos al exterior. Lo que hay es una sensación generalizada de desesperanza y falta de horizonte. No es, como sostiene el canciller Felipe Solá, un grupo chico de ricos quienes fantasean con la idea. Son millones de argentinos, más allá de que unos pocos, sí, lo puedan lograr. No es solo el impuesto a los grandes patrimonios y la creciente presión impositiva que alcanza, incluso, a quienes están al borde de la línea de la pobreza.

No hay nada más lindo que compartir con tus compañeros de trabajo el tiempo que te toque. No hay nada más lindo que volver a la escuela para encontrarte con tus compañeros y amigos. No hay nada más lindo que disfrutar de una comida, aunque solo sea entre cuatro. Quedate en casa, pero solo lo necesario. Como para no ponerte en riesgo a vos y a los demás. Sin embargo, no te guardes demasiado. No te metas para adentro.

Si se pudiera elegir solo una palabra para definir a este gobierno, esa sería: desbarajuste. El desbarajuste es la falta de orden o dirección en una cosa o en un conjunto de personas. ¿Hacia dónde va el gobierno? ¿Cuál es el verdadero rumbo? ¿Quiere frenar la demanda de dólares hasta cerrar toda la economía, como Venezuela? ¿Quiere seguir emitiendo, generando inflación, y espantando la inversión privada, nacional, e internacional? ¿Va a abrir la economía y permitir que se termine de desarrollar una megadevaluación?

En la emisión de hoy del programa La Cornisa por la señal La Nación Más, Luis Majul presentó una columna editorial con el siguiente título: ¿Massa al Gobierno, Máximo K al poder?. A continuación el video completo:

Hay un consenso generalizado de que el paquete de medidas anunciado ayer es un parche, y no constituye una solución de fondo. El Presidente estuvo en las últimas horas tratando de convencer a algunos de “Los Dueños de la Argentina” sobre las bondades de la iniciativa. Banqueros, accionistas y ceos de las empresas industriales y de servicios que más facturan en el país.

(Columna publicada en Diario La Nación) La idea de Cristina de correrse de la candidatura presidencial para evitar la derrota en segunda vuelta fue brillante, si se analiza de acuerdo con el resultado de las últimas elecciones. Pero la innegable influencia política e ideológica de la vicepresidenta sobre Alberto Fernández está hundiendo al Presidente y colocando al Gobierno en un laberinto sin salida . Ya ni siquiera parece importar que ella hable poco, que no hable del Covid-19 o que hable solo de sus obsesiones judiciales. Su omnipresencia no se puede ocultar. Y una de las razones "públicas" por las que no se puede ocultar es que, desde que asumió, el jefe del Estado parece haberse transformado en otra persona. Un sujeto tan mimetizado con Cristina como el obediente Oscar Parrilli, o como los senadores que repiten los argumentos de la vicepresidenta, aunque algunos parecen no entender ni lo que están defendiendo.

En una de sus más recordadas frases de cabecera, el expresidente Eduardo Duhalde dijo: “los argentinos estamos condenados al éxito”. Bien intencionado pero chauvinista, sostenía que no había manera, de destruir a este país tan rico. Parece que sí. Setenta años de políticas erradas, y desde la restauración democrática, 37 del peronismo, interrumpido por tres gobiernos no peronistas, que tampoco pudieron, y a los que el peronismo les hizo la vida imposible, dieron como resultado uno de los países con más pobreza en el mundo: casi 19 millones sobre un total de 45 millones de habitantes.

Hay muchas e interesantes lecturas para hacer sobre el fallo de la Corte de ayer. Pero una de las más urgentes es que la agenda personal y mezquina de Cristina Fernández la hace chocar contra la pared, daña al gobierno y también al país. Si cualquier observador neutral se detuviera en las cifras de la pandemia y la economía de la Argentina se preguntaría, con razón “¿Por qué el Poder Ejecutivo tiene tanta urgencia en inmiscuirse en asuntos del sistema judicial en el medio de una constante devaluación de la moneda, el aumento de la pobreza, la desocupación y cuando el país se encamina a la cima de las naciones con más muertos y contagiados por Covid-19?”.

Hoy, la Corte Suprema empezará a tomar una decisión transcendental: la de poner límites o no a la pretensión de la vicepresidenta Cristina Fernández de colonizar, de hecho, todo el sistema judicial. Aunque la mayoría de los cinco jueces terminen decidiendo tirar la pelota afuera, o ponerla debajo de la suela, como escribió hoy Claudio Savoia, tarde o temprano, se verán obligados a decidir.

El método para evitar que la vicepresidenta se lleve el mundo por delante no puede ser una suerte de escrache en los domicilios de los miembros de la Corte Suprema de Justicia. Las intenciones finales pueden ser buenas, pero si se avanza desde el punto de vista físico, los que dicen defender la República se transforman en lo que no quieren para sus hijos: autoritarios que buscan imponer sus ideas de cualquier manera.