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Al abogado de Hugo y Pablo Moyano, Daniel Llermanos, le pidieron tres veces la detención, junto con un ex espía de la AFI del gobierno anterior y el extitular del Servicio Penitenciario Federal Víctor Hortel. Los tres fueron imputados por coacción y amenazas agravadas y coactivas contra un ex barrabrava de Independiente, Damián Lagaronne, quien había declarado contra Pablo Moyano en la causa por asociación ilícita contra Independiente.

Aunque nadie se atreve a decirlo en voz alta, todos los indicios lo demuestran: la que está gobernando, es Cristina Kirchner. Esa es la mala noticia. La buena es que los límites, a Cristina, se los está poniendo la sociedad. El banderazo del 9 de julio constituye la muestra más acabada.

Ayer, Albero Fernández intentó colocarse por encima de la grieta al afirmar: “Voy a terminar con los odiadores seriales”. La frase debe haber confundido a una buena parte de la sociedad, porque la pronunció después de reenviar un tuit de alta violencia simbólica. Lo subió un militante k. Era el montaje de un video donde cada respuesta del jefe de gabinete a las preguntas de Diego Leuco estaba acompañada por la imagen y el sonido de una piña. La violencia simbólica, desde lo más alto del poder, puede reproducir, hacia abajo, violencia física.

Si se sigue con detenimiento las informaciones específicas que se pueden leer en el medio de la pandemia, no es descabellado deducir que la UTE formada entre la vicepresidenta Cristina Fernández, el empresario del juego y los combustibles Cristóbal López y el sindicalista “ejemplar” Hugo Moyano avanza y se consolida, para desgracia de la República Argentina. UTE significa Unión Transitoria o Temporal de Empresas, asociadas para prestar un servicio determinado.

¿En qué se parecen Donald Trump, Jair Bolsonaro, Alberto Fernández y Cristina Fernández? En que desprecian, atacan e intentan humillar a los periodistas y a los medios que no son “del palo”. La última y deplorable acción del presidente argentino fue compartir un tuit en el que un usuario no solo se burla de Diego Leuco mientras reproduce parte de la entrevista que le hizo a Santiago Cafiero; también reprodujo los ruidos de las piñas editadas con las que, supuestamente, el jefe de gabinete le habría ganado la “contienda”.

Carlos Pagni tiene razón. Ayer, en su programa Odisea Argentina, en su columna titulada “Periodismo, espionaje y libertad de expresión” Pagni escribió un párrafo, largo pero muy claro, en el que me alude.

Esta es una historia de espías y apretadores. Si no fuera tan tenebrosa, sería apasionante. Tiene rigurosa actualidad, porque cuando explote, también afectará la causa del supuesto espionaje ilegal que tramite al juez federal de Lomas, Juan Pablo Auge. Escuchá, porque mete miedo.

Luis Majul: "Quisieron meternos presos, lo van a intentar de nuevo" - Editorial emitido en La Cornisa el domingo 5 de julio de 2020, por LN+

Esto es en defensa propia. Y para terminar con la mentira.

Hace más de 40 años que trabajo como periodista. Escribí varios libros de investigación donde se revelaron decenas de casos de corrupción. Con nombre y apellido. Jamás fui condenado por publicar un dato falso. Durante los últimos diez años, tuve que dedicar parte de mi energía en defenderme de acusaciones falsas. Me acusaron de evadir impuestos. Fui ampliamente sobreseído. Intentaron silenciarme quitándome, de un día para el otro, la misma publicidad que recibían todos los medios. No pudieron. La Corte Suprema terminó fallando a nuestro favor, lo que sentó un precedente en la materia. He recibido acusaciones tan delirantes que fueron desestimadas in límine. He soportado campañas públicas de intimidación que incluyeron pegatinas ilegales de afiches, especiales en televisión, amenazas en mi teléfono personal e intentos de agresiones físicas. Las denunciamos ante la justicia, como corresponde.