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Una idea simple que escribí días atrás despertó comentarios desopilantes en las redes sociales. Me pregunté por qué Mauricio Macri y Elisa Carrió no podían sentarse a tomar un café. Cara a cara. En persona. Con cámaras o sin ellas. Un café para hablar de la ciudad, el país y también de la vida. Lo aclaro de entrada: no lo estoy alentando. No me va a cambiar la vida en lo más mínimo si el encuentro se produce o no. Tampoco me parece que se trate de una cumbre que vaya a transformar, de la noche a la mañana, la historia de la Argentina. Menos me lo imagino como un show o un espectáculo. Sólo me lo pregunté porque, a poco de analizarlo, me pareció un dato muy curioso que jamás hubieran compartido una charla de un par de horas. Es más, para confirmar si esta "anomalía" no era un error, se lo pregunté a dos fuentes que tienen relación directa con ambos. Y me quitaron la duda. En efecto, a pesar de que se trata de dos líderes omnipresentes, nunca pautaron un encuentro ni una cita. Jamás.
La duda se me había disparado cuando el jefe de Gobierno respondió, ante la pregunta de un periodista: "Nunca me senté a tomar un café con Elisa Carrió". Pensé que estaba exagerando. Que lo decía en sentido figurado. Pero no. Nunca agendaron una reunión. Sí coincidieron, porque no tenían más remedio, en un estudio de televisión o en el pasillo de alguna radio. Ahora me lo pregunto desde el absurdo: ¿no es extraño que dos dirigentes que forman parte del sistema político argentino desde hace más de diez años no se hayan reunido nunca, ni siquiera para tomar un café? ¿No habla de la falta de cultura política argentina? Y yendo un poco más lejos, ¿no resulta tonto que no lo hayan hecho hasta ahora, cuando Macri pregona la idea de dialogar con todo el mundo y Carrió habla de acordar con Pro para "salvar a la República" y evitar que "el narcoperonismo" se eternice en el poder?
Un funcionario muy cercano al ex presidente de Boca enseguida se atajó e informó que Macri la había llamado "una y mil veces" a Carrió para sentarse a conversar. Y que la diputada de UNEN había rechazado una y mil veces todas sus invitaciones. Otro ministro del gobierno de la ciudad recordó que hasta Gabriela Michetti, quien siempre mantuvo una buena relación con Carrió, había fracasado en su intento de juntarlos "para que se conocieran un poco más".
Encontrarse cara a cara, en público o en privado, bajo un sistema democrático, no debería ser una anomalía o un pecado. De hecho, Sergio Massa, Daniel Scioli y el propio Macri se encontraron, frente a frente, en más de una oportunidad en el último año, y la vida siguió andando. La última vez que compartieron el mismo espacio Macri y Carrió fue en Gualeguaychú, cuando participaron de un panel organizado por los directivos de Confederaciones Rurales Argentinas. Parece que se sonrieron, se dieron la mano y se despidieron. Y la cosa no pasó de ahí. Es más: el máximo acercamiento entre ambos fue virtual y sucedió hace unos días, cuando la legisladora, desde su cuenta de Twitter, escribió algo parecido a "ya llegará el momento" después de leer las declaraciones del jefe de Gobierno, reconociendo que jamás se habían tomado un tiempo para encontrarse y decirse qué piensa cada uno del otro. Cuando le pregunté, el lunes pasado, al ministro de Cultura y Turismo de la Ciudad, Hernán Lombardi, si sabía que Macri y Carrió jamás se habían reunido a pensar juntos nada, me contestó que estaba seguro de que era así. Y agregó que lo lamentaba. Y que para él eso era muy difícil de comprender. Lombardi aceptó el desafío de proponerles que "tomen un café, cuánto antes", más allá de cualquier especulación política o de conveniencia personal. "Creo que Mauricio y Lilita tienen más puntos en común de lo que ellos mismos se imaginan. Y no lo digo sólo por este momento político. Lo digo porque los conozco bastante a los dos y estoy seguro de que hay más cosas que los unen de las que los separan."
Así como es un signo evidente de falta de cultura política y carencia de madurez institucional que la Presidenta no le atienda el teléfono a Macri desde hace un mes, o que ignore olímpicamente los pedidos de audiencia del gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, desde hace dos años, no se entiende, ni siquiera desde el sentido común, por qué dos dirigentes que buscan sus votos en una misma ciudad no se juntaron, jamás, en medio de todas las tragedias y las crisis que soportó este país. La situación, por lo extraña, invita a hacerse otra pregunta que se cae de madura. En el caso de iniciar las negociaciones para lograr un acuerdo que les permita ganarles a Massa o a Scioli, ¿cómo van a hacer para establecer un vínculo de mínima confianza para compartir las responsabilidades de gobierno, si todavía no se conocen en persona?
Cuando dos individuos no se reconocen ni comparten momentos juntos, en un mismo espacio, o en un mismo lugar, lo que no se sabe del otro lo reemplaza el prejuicio o la imagen incompleta que ofrece la tele o las declaraciones públicas. El jefe de Gobierno no tiene un panorama completo y acabado sobre cómo piensa Carrió. Presume que es una dirigente honesta que comparte el mismo diagnóstico que él sobre los agujeros negros del sistema político. Es decir: que la mayor responsabilidad de cómo le fue a la Argentina durante los últimos treinta años la tiene el Partido Justicialista o el pejotismo. Por supuesto, no le cae para nada simpático que lo haya vinculado, en el pasado, "alegremente y sin pruebas", a ciertos hechos de corrupción, ni que le adjudique un presunto pacto con Cristóbal López, ni que haya sugerido que podría llegar a cometer pecados parecidos a los que habría protagonizado Franco Macri, su padre. Por su parte, Carrió, cada vez que habla sobre la posibilidad de un acuerdo para "salvar a la República" se apura en aclarar que jamás votaría a Macri en una interna ni en una elección nacional. "Ni a Macri ni a Pino Solanas", agrega, para definir su propia identidad.
Ese tipo de declaraciones, a las que asesores de Macri consideran "inoportunas y gratuitas", es lo que le genera más resquemor y dudas al jefe de Gobierno, que ya se quemó con leche cuando no pudo mantener con vida su alianza con Francisco de Narváez y Felipe Solá tras la derrota que le propinaron a Néstor Kirchner en junio de 2009.
Las continuas rupturas, coqueteos, saltos de una fuerza política a otra sin discutir ideas ni proyectos y sin explicar a los votantes por qué lo hacen, son evidencias tangibles del infantilismo y la frivolidad de nuestra clase política. Así como la foto oficial de Cristina Kirchner con el jefe de gobierno de la ciudad en la inauguración de un nuevo tramo de la autopista Illia acerca a la Argentina a los países más serios y avanzados, el desencuentro ente Macri y Carrió es una muestra de que el sistema de partidos atrasa varios años. Y no se puede entender, desde la lógica, cómo sus diferencias les siguen impidiendo detenerse a un tomar un café. Menos ego y más grandeza podría ser la fórmula para elevar la calidad de sus acciones..

Publicado en La Nación